Neil Young en ‘Talkin to the trees’

Neil Young se acerca a la provecta edad de 80 años (el próximo 12 de noviembre) en un estado de hiperactividad editorial, asegurándose de que su legado queda bien fijado y ordenado (todos esos rescates de álbumes perdidos), testificando su presente con mimo (el reciente documental y disco en directo ‘Coastal’) y suministrando en paralelo un goteo de discos con canciones de estreno. Tras el muy apacible ‘World record’ (2022), llega ahora ‘Talkin to the trees’, un álbum en el que se debate entre la dulzura y la ira, las loas a la madre Tierra y el señalamiento de las miserias mundanas.

Si en aquel disco le arropó Crazy Horse, esta vez cuenta con una banda llamada Chrome Hearts (ambas comparten iniciales), que consiste en una remodelación de Promise of the Real (sus cómplices entre 2014 y 2019) en la que Lukas Nelson cede su plaza a Spooner Oldham. Él es un organista de currículo legendario (ahí está la balada soul ‘When a man loves a woman’, de Percy Sledge) que entró en su órbita en ‘Harvest moon’ (1992). Siguen ahí Micah Nelson, Corey McCormick y Anthony LoGerfo, y con ese equipo cobra forma un álbum que los seguidores de Young podrán disfrutar porque su saber hacer y su personalidad siguen teniendo un poder magnético, aunque no se trate de una obra capital.

Hay un Neil Young contemplativo, absorto en sus cavilaciones, que se expresa en el tema titular, un medio tiempo de guitarras acústicas, donde lo vemos comprando alimentos a los granjeros y oyendo el canto del gallo, “pensando en Bob [Dylan], en todas las canciones que cantaba” y “esperando que el mundo cambie”. El tono del álbum es más bien de recogimiento anímico y de disfrute de las cosas más cercanas, ya sea el entorno humano (en ‘Family tree’ dice tener “la mejor esposa”) o la madre naturaleza (en ‘Thankful’ suspira por una vida larga y por poder trascenderla: “Si pudiésemos quedarnos aquí un poco más / Si pudiésemos abrir la puerta del cielo”). Pero aflora también el inconformismo político en ‘Big change’, donde las guitarras relinchan al viejo estilo, al grito del “gran cambio” que presumiblemente “se avecina”, y en la galopante ‘Let’s roll again’, donde Young pide a la industria automovilística estadounidense que fabrique vehículos de energía limpia y suelta a bocajarro: “Si eres fascista, cómprate un Tesla”.

¿Qué canta un cantante de jazz de 25 años? ¿Lo de siempre? ¿Lo de hoy? ¿Hay una manera ‘moderna’ de cantar jazz? El debut del prometedor Tyreek McDole, voz dulce y suave de barítono, sugiere estas preguntas. Porque se diría que él mismo está en la encrucijada entre lo nuevo y lo viejo, el homenaje y la idea propia. El repertorio de su primer disco, variado y un punto sorprendente, habla de esa búsqueda. A McDole le sienta bien la vibración espiritual de los 70, pero lo mejor ocurre en una hipnótica versión de Thelonious Monk. Ahí, en un clásico, McDole brilla. Tiene algo único. O sea que quizá lo importante no es el qué, sino el cómo. Roger Roca

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