Pese a llevar a sus espaldas un cuarto de siglo de carrera y un rosario de éxitos, Amaral no podría estar más seguro de su momento actual. Que nos presente el dúo a su terapeuta, si lo tiene, o que escriba un manual, si no lo tiene. Amaral acaba de publicar ‘Dolce vita’, relevo de ‘Salto al color’, seis años entre ambos elepés, y lo interpretó de cabo a rabo, en un concierto de más de dos horas y con las entradas agotadas en el Sant Jordi Club. Un planteamiento orgullosamente vieja escuela y a la postre triunfal, al que se sumaron, claro está, balas infalibles del arsenal del grupo y una producción escénica de aúpa.

La actuación, parte del ciclo Guitar BCN, comenzó directa a la emoción, a las grandes emociones, con ‘Dolce vita’, imágenes aéreas de agua, montañas y bosques en las pantallas, y ‘Eso que te vuela la cabeza’. Forman las dos canciones del nuevo álbum un díptico celebratorio de la vida, puñetera pero lo más importante que tenemos al fin y al cabo, a ver quién lo niega. También están emparentadas por un recurso de probada eficacia: apelan al nosotros. Difícil resistirse a Eva Amaral en el enfático tramo recitado de la primera (“Somos las aves del cielo y los lirios del campo / Somos el impulso eléctrico de las tormentas de verano / Somos la flor que nace partiendo en dos el asfalto”) y difícil no comulgar con ella cuando cantó que “Eso que te pierde, eso que te eleva / Eso es lo que nos salvará / La única bandera que haremos ondear”, versos de la segunda. Total: todos a bordo de saque.
La proporción equitativa entre piezas de nuevo cuño e himnos asentados se mantuvo en las dos extensas tandas de bises, ese ritual, con ‘No lo entiendo’ o ‘Hasta que la música se acabe’ tuteando a ‘Sin ti no soy nada’ o ‘Marta, Sebas, Guille y los demás’, aunque menos aulladas por la concurrencia. De manera significativa puso el broche a la velada ‘Ahí estás’, canción surcada por la princesa Leia y Sylvia Plath, Juana de Arco y Carlos Marx, un trineo de nieve y un carro de fuego, y Dante en sus infiernos; en efecto, una canción de amor más grande que la vida, como suele decirse, y nueva. Y bastante Morrissey, no solo por la pomposidad lírica, sino también por los ecos de ‘First of the gang to die’. Caminar entre lo sublime y lo ridículo es un truco arriesgado, pero ganador si se cae de pie. Fue el caso.
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